El almendro

6 febrero 2016

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Cubre con primavera el invierno,
el almendro;
con flor la nieve,
con esperanza la muerte,
cubre con vida las sienes
del cadaver que se muere.

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.-Imagen: “El Almendro”, Cazorla, 2016.

.-Texto: “El Almendro”, 2016.

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La Tipuana frente a mi balcón, a pesar de los vecinos que piden su tala, sonríe. Ella es feliz. Sabe que la muerte le acecha, pero en su corta vida se ha sentido realmente útil limpiando el aire de los humanos que ahora reclaman su cabeza. Además, ve muy chistoso que la acusen de taparle las vistas hacia una calle tan sucia y triste cuando ellos, al contrario que las tipuanas, tienen el don de la movilidad para descubrir un mundo enorme y lleno de posibilidades. -Pobres infelices -debe pensar nuestra amiga- los hombres viven en su propia guerra perdida, mientras la Tierra muere dignamente colmada de equilibrio y paz.

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.-Foto: La Tipuana de mi barrio, 2015.
.-Texto: La Tipuana de mi barrio, 2015.

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Uno de los principales problemas que hemos encontrado en el siglo XXI es el cambio climático. Para algunos expertos, este es simplemente un nuevo ciclo natural de nuestro planeta, pero si seguimos los últimos estudios, este proceso se estaría viendo acelerado por la contaminación del ser humano. En este sentido, la ciudad y sus habitantes serían los primeros focos emisores de residuos perjudiciales quienes, a su vez, se convierten en sus principales receptores, sufriendo consecuencias como el aumento de la temperatura, el del nivel del Mar o el empobrecimiento de la calidad de aire, agua y alimentos que produce en los seres vivos numerosas y largas enfermedades. Esta es la herencia que hemos recibido de una política económica muy agresiva con el medio ambiente, así como del rápido e improvisado crecimiento de algunas ciudades durante el siglo XX, especialmente de las zonas costeras mediterráneas, por la inclusión de un turismo pujante que se convertiría en el motor económico principal. Habitamos así núcleos urbanos desarticulados, y perjudiciales para nuestra salud física y mental.

En este contexto se encuentra Málaga, ciudad que nos ocupa y servirá de ejemplo. Uno de sus principales problemas es la falta de suelo. Su especial orografía ha hecho que en la actualidad haya una concentración poblacional realmente notable en zonas como el distrito Carretera de Cádiz o Cruz de Humilladero. Esta carencia ha llevado a construir excesivamente la ciudad dejando en un segundo plano las zonas verdes, tema que aquí vamos a tratar siguiendo los datos de 2009 de CAT-MED, plataforma cuyo objetivo principal es el desarrollo de modelos urbanos sostenibles basados en la ciudad clásica Mediterránea para lo que promueve las manzanas verdes donde convergen acciones encaminadas a la integración de factores territoriales, medioambientales, económicas y sociales.

Según la Organización Mundial de la Salud, toda ciudad debería disponer de entre 10 y 15m2 de zonas verdes por habitante distribuidas equitativamente en relación a la densidad de la población para que proximidad y accesibilidad a las mismas no diferencie a los ciudadanos. Pero, por otro lado, cabe mencionar que nuestra ley de suelo actual, 2008, no exige un mínimo de metros cuadrados de zonas verdes. Contando con ello, nuestra ciudad dispone de 6,33m2 de zonas verdes por habitantes, la mitad recomendada por la OMS, y la densidad de las mismas es de un 5,2%.

En consecuencia, son dos los agentes contaminantes que afectan especialmente a la urbe: el O3 y el PM10. El primero de ellos, Ozono, es un componente natural en la estratosfera que nos protege de la radiación ultravioleta, sin embargo, es altamente contaminante en la troposfera pudiendo ocasionar inflamación pulmonar, depresión del sistema inmunológico frente a infecciones pulmonares, cambios agudos en la función, estructura y metabolismo pulmonar y efectos sistémicos en órganos blandos como el hígado. Por ello, según la normativa europea, su valor límite es 120 μg/m3, que no debía superarse en más de 25 ocasiones por año, pero en Málaga se superó 33. Algo semejante ocurre con el PM10, pequeñas partículas de silicatos y aluminatos, metales pesados y hollín cuyo origen puede ser natural (incendios forestales o erupciones volcánicas) o por la acción humana (combustión de automóviles, residuos industriales o labores agrícolas o de la construcción) y que pueden causar inflamación y un empeoramiento de los síntomas en pacientes con enfermedades de corazón y pulmonares. Además, pueden llevar compuestos cancerígenos que pudieran ser adsorbidos en la superficie de los pulmones. En este caso el valor límite diario debería ser de 50 μg/m3 sin que deba superarse más de 35 veces al año, pero en nuestra ciudad se supera 50 días, medio mes más del límite establecido por la normativa europea. Estamos ante un grave problema de salud que escapa al control ciudadano, pero no al institucional.

Pero, como todo problema, este también tiene solución, y es aquí donde las zonas verdes tienen un papel fundamental como filtros naturales del aire que respiramos. Cabe aclarar que tanto un pequeño árbol como un gran parque forestal tienen un rango de acción a su alrededor purificando el aire, pero aquí, como vemos en el plano adjunto, tendremos en cuenta las zonas verdes que suponen un lugar de esparcimiento para los malagueños, aunque tampoco todas las incluidas estén formadas por especies vegetales suficientes, ya que algunas de estas manzanas se encuentran mayormente pavimentadas. Con estos datos, podemos ver una clara división entre Málaga Este y Oeste, marcada por la rivera del Guadalmedina.

En el primer caso, de menor superficie y densidad poblacional, se encuentran amplias zonas residenciales con jardines particulares que, como hemos dicho, también actúan como zonas verdes. A pesar de su población, esta zona cuenta con tres parques forestales, el Monte Victoria, Monte Gibralfaro y el Parque del Morlaco. Al norte debemos destacar el Parque Natural Montes de Málaga, principal pulmón del término municipal malagueño, pero que, aunque cercano, no tiene contacto directo con la urbe. Aquí, la principal acción viable consistiría en ampliar el Parque Natural hacia el oeste y acercarlo a la Ronda Norte, absorbiendo así los efectos de la autovía y protegiendo al valle de inundaciones.

En el segundo caso, Málaga Oeste, encontramos una amplia concentración de construcciones y alta densidad poblacional. Destaca la aparición de un solo parque forestal (Laguna de la Barrera, mucho más pobre, vegetalmente hablando, que los de la zona Este), y las numerosas parcelas sin edificar que podrían servir al proyecto de manzanas verdes propuesto por CAT-MED, con el que se pretende crear parques medianos situados estratégicamente de forma que todos los vecinos tuviesen fácil y rápido acceso a lugares de esparcimiento que a su vez depurasen toda la ciudad. Entre ellas me gustaría destacar tres zonas concretas. La primera de ellas se sitúa al suroeste, Arraijanal, última franja costera de la capital sin urbanizar y que podría convertirse en uno de los grandes parques de Málaga conectando peatonalmente nuestra ciudad con la Vecina Torremolinos, y a su vez, con el singular Paraje Natural Desembocadura del Guadalhorce. Por desgracia, un proyecto de urbanización como zona deportiva y aparcamiento subterráneo amenaza esta zona tan particular. En segundo término tenemos los antiguos terrenos de Repsol donde en principio todos los partidos políticos de la ciudad parecían ponerse de acuerdo para darle un uso verde. Abogaron por un gran parque que conectase los dos distritos más poblados de Europa, Cruz de Humilladero y Carretera Cádiz. Pero el proyecto ha pasado por muchas fases, hasta tal punto que gran parte de los terrenos fueron adquiridos por manos privadas para edificar. Afortunadamente, la crisis frenó este proyecto de cemento otorgando a sus 100.000m2 un carácter simbólico en la lucha electoral por la alcaldía de Málaga. Por último, al norte, una cadena de pequeñas montañas y lomas que actúan como miradores naturales podrían conectar todo el noroeste conformando un cinturón verde. Cerro de la Torre, Cerro de la Tortuga, Cerro de los Ángeles y el característico Monte Coronado podrían ser la gran oportunidad del sector oeste de disponer de su segundo parque forestal.

Otra gran asignatura pendiente de Málaga son las riveras del Guadalmedina y el Guadalhorce, que podría conectar fácilmente nuestro término municipal con el norte de la provincia malagueña, el citado cinturón verde y los Montes de Málaga. Dispondríamos de una red natural que depuraría y rellenaría acuíferos, retendría la erosión y desertización, mantendría la biodiversidad y serviría de espacio recreativo, rodeando y comunicando peatonalmente casi toda la ciudad.

Una buena alternativa también nos la daba recientemente Francia, donde una nueva ley obligará a los edificios de nueva construcción a cubrir sus azoteas de plantas, árboles o paneles solares para así paliar el efecto de la polución que es causante en el país de 40.000 muertes al año. Esta medida, en ciudades españolas como Málaga, amortiguaría la importante falta de suelo.

Para concluir, quiero enfatizar la gravedad de este problema. Debemos concienciarnos de que este cambio es una necesidad y no un capricho. La polución, aunque invisible, trae consigo enfermedad y muerte, y con un simple gesto por parte del Ayuntamiento, hasta ahora totalmente desinteresado en el asunto, mejoraríamos considerablemente nuestra calidad de vida. Málaga es la ciudad de las oportunidades perdidas. Ya hemos asfixiado recursos naturales como la Laguna de la Barrera o construido edificios y centros comerciales en zonas donde prometieron espacios verdes. Luchemos para que esto no ocurra más. Comencemos a producir calidad de vida. Y recuerda que usando bicicleta o poniendo plantas en tu balcón también contribuyes a mejorar tu salud, la de tus vecinos y la de tu ciudad.

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P.D. Mientras finalizaba este artículo de opinión, en calle Orfila se talaban 37 árboles por orden de Francisco de la Torre, actual alcalde de la ciudad.

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